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Ambulantes y niños

A la vanguardia de la emigración verdadera y propia fueron aquellos que ejercitaban oficios ambulantes y estaban por eso en grado de llevar noticias e informaciones útiles para proyectos migratorios duraderos.

En la Toscana los campesinos iban a Córcega, para los trabajos agrícolas, y luego a Francia, atraídos por mejores pagas, aún cuando el oficio calilificado más difundido era el de figurero. Los ligures atravesaban el Mediterráneo y se dirigían a los países de África septentrional para trabajos de temporada. Partían a gran parte de países europeos, y luego para las Américas, los músicos vagabundos de toda Italia, mientras vendedores de estampas y de pequeñas mercancías, además de leñadores y escavadores, dejaban las regiones orientales de la península. Los deshollinadores savoiardos estuvieron presentes especialmente en Francia.

En realidad, las “profesiones vagabundas” – se tratase de músicos, titiriteros o adiestradores de animales, vendedores de mercancías varias – constituían otras tantas variantes de la mendicidad campesina a la que se recurría desde siglos en momentos de gran miseria.

Con el mejoramiento de los transportes y el inicio de la gran emigración los recorridos de los vagabundos se ampliaron alcanzando ante todo los países europeos y luego las Américas. Las autoridades de policía no los veían con buen ojo, constantemente acompañados de niños, cuyo empleo representaba a menudo solamente un medio para disimular el ejercicio de la mendicidad a la cual estaban obligados. Su mísera suerte suscitaba la piedad y la indignación de las clases dirigentes que, divididas a favor y en contra de la emigración, aprovechaban el argumento a favor de la propia tesis. En realidad el fenómeno se desenvolvía por su propia cuenta, vanamente seguido de leyes tendientes a regular el trabajo infantil. Alguna vez eran los mismos padres los que llevaban los hijos consigo o los entregaban a personas de su confianza con la esperanza que, a lo largo de los caminos del mundo, aprendiesen a practicar una actividad en grado capaz de saciar su hambre.

Brazos robustos y trabajos pesados

Los emigrantes, en gran parte campesinos, se empeñaron también en el exterior – pero solamente si eran obligados – en los trabajos agrícolas, participaron en la tala de bosques o en el saneamiento de terrenos incultos, se emplearon, como mano de obra no calificada, en la realización de las grandes vías de comunicación, de los ferrocarriles, de las más grandiosas obras edilicias y, en fin, en el pesado trabajo de las minas. El historiador Rudolph Vecoli escribe de ellos que terminaron “a pala y pico”.

Se sabe que cerca de la mitad de todos los emigrados ha regresado definitivamente a Italia. Si se hace referencia, como ejemplo, a los Estados Unidos, la “campaña de emigración” del cincuenta por ciento de los hombres que habían partido solos duraba solamente algunos años.

Su opción tenía casi siempre estas características: renuncia a conocer el país a donde se había llegado, y por ende ninguna integración y mínimo conocimiento de la lengua; ahorro lo más alto posible y en el más breve período para apresurar el regreso; aceptación, por consiguiente, no sólo de un exagerado empeño de trabajo sino también de un nivel de vida que definir espartana se vuelve un eufemismo. Naturalmente muchos repitieron más veces estas estadías, facilitados para ello por las mejores condiciones de viaje también en términos de tiempo necesario para la travesía.

El área de origen llevaba a desarrollar determinados oficios. Tomando, siempre como ejemplo, el éxodo a Australia se nota que los emigrados de las zonas montañosas reanudaron en el Western Australia actividades de leñadores o se volvieron cortadores de caña de azúcar; aquellos provenientes de zonas de llanura se dedicaron a actividades agrícolas o debutaron en el sector terciaro.

Una precisa “vocación” en la elección de los itinerarios migratorios es verificable también en Europa: la dirección del flujo apuntaba hacia los países occidentales u orientales en relación a la posición geográfica de las regiones de origen: desde el Piemonte se iba hacia Francia y desde el Véneto hacia el imperio astro-húngaro.

 


Obras grandiosas y fortunas considerables

En la realización de colosales obras públicas participó un número inmenso de emigrados italianos y numerosas fueron las víctimas de accidentes en el trabajo. Los túneles del Frejus, del San Gottardo, del Sempione o el ferrocarril transiberiano y aquel del Tonkino los vieron trabajar. Característica del empleo en el sector de la edificación fue a menudo la temporaneidad y el moverse en grupos de trabajo que comprendían profesiones diversas: desde peones a técnicos. Por otro lado un cierto número de emigrados alcanzaron el éxito como empresarios.

El economista Luigi Einaudi acuñó la feliz expresión “príncipe mercader” para definir justamente hombres que, partiendo a menudo de cero, supieron aprovechar todas las oportunidades alcanzando posiciones envidiables. Los sectores en los que actuaron fueron diversos pero los animaba un idéntico espíritu de iniciativa.

Son historias de hombres que, para ser breves, han pasado, para usar mínimos términos, de la pobreza a la riqueza y han obtenido prestigio y satisfacciones insertándose en los más altos niveles sociales en el país de adopción. Su éxito ha contribuido también a la difusión de productos italianos, comenzando por los alimentarios, en todo el mundo.

De estas historias de éxito se puede dar un ejemplo: en Brasil se desarrolló el excepcional caso de Giuseppe Giorgi, devenido, de simple obrero, a constructor de ferrocarriles en virtud de su capacidad técnica y organizativa; alcanzó así a tener buenas comisiones de la administración pública local y a progresar en un sector de alto rédito que, es necesario subrayarlo, era ya ocupado y dominado por los ingleses.


Las “frágiles” mujeres

Desde fines del Ochocientos la emigración italiana ha sido ampliamente estudiada pero las varias encuestas y los numerosos ensayos sobre tal fenómeno dedican la máxima atención a la emigración masculina y – obviamente – analizan aquella femenina en base a los parámetros ideológicos del tiempo.

Las primeras en sufrir las consecuencias de la emigración masculina fueron las mujeres que quedaron en la casa: atendían hijos y ancianos, eran amas de casa y trabajaban en los campos, hilaban y tejían, en fin, en lugar de los hombres ausentes, asumían la responsabilidad de los intereses económicos. Hubo así una verdadera y propia feminización de muchos pueblos de las regiones italianas más golpeadas por el fenómeno migratorio por cuanto a menudo emigraban grupos familiares enteros de varones, todos juntos o escalonándose en un breve lapso de tiempo.

El reemplazo de las mujeres en las tareas masculinas está bien evidenciado en las actas notariales que, en constante crecimiento desde fines del Ochocientos, refieren como contratantes de acuerdos de cualquier tipo, y en particular de contratos de compraventa, nombres de mujeres.

Luego, poco a poco, las mujeres conquistaron espacio en el mundo del trabajo.

El primer sector industrial en donde las emigradas tuvieron lugar fue el textil, comenzando por las fábricas francesas del Lionese. En cambio, del empeño como amas de casa nace y se multiplicó, especialmente en América del Norte, el bordo, es decir el tener en pensión a compatriotas. Era un trabajo considerado típicamente femenino, junto a aquel de confecciones varias a domicilio, porque permitía a las mujeres permanecer “ángeles del hogar” ganando y contribuyendo al mejor desarrollo del ménage familiar.


Negocios y negozio

Para los emigrados que se dedicaron al comercio los inicios fueron casi iguales: después de la llegada al nuevo país trabajaban por algunos años como dependientes de parientes o de los amigos que los habían exhortado y ayudado a emigrar. Naturalmente esta fase inicial fue salteada por aquellos que, ya dotados de un capital propio, aunque mínimo, debutaban directamente en el pequeñísimo comercio. En este recorrido la familia tuvo siempre un rol fundamental no sólo como proveedora de los iniciales medios económicos sino también, en el caso de emigración del núcleo familiar, en todo o en parte, con el compromiso directo en la administración de la actividad.

Los primeros negocios fueron pequeñas tiendas, la mayor parte en el sector alimentario, y tuvieron como clientela inicial la comunidad italiana. En las vidrieras de muchos negocios, en efecto, estaba orgullosamente escrito que se vendían auténticos productos italianos.

Para la mayor parte de los comerciantes, después, la cumbre de la fortuna fue alcanzada con la instalación de una explotación comercial de un cierto respiro. Algunas de estas actividades, sin embargo, alcanzaron a consolidarse en el tiempo y diversos negocios se transformaron en poderosas haciendas de producción y de transformación de productos del suelo y de la cría o en empresas de gran distribución internacional.


De peones a patrones

Es el sector de la gastronomía aquél en el cual han trabajado y trabajan en gran número y con éxito los emigrados italianos y sus descendientes en todos los países del mundo. Al principio eran vendedores ambulantes de helados, en el verano, y de castañas asadas en invierno; entre ellos era proponderante la presencia de luccheses y parmenses. Una vez que se volvieron permanentes, tuvieron las primeras experiencias como trabajadores subordinados: camareros, pinches y, luego, cocineros en restaurantes y hoteles. Finalmente: propietarios.

También en este sector la familia ha sido siempre parte determinante para el desarrollo de cada proyecto migratorio por cuanto la conducción de las varias actividades es obra casi exclusiva de la familia. Además ahora que muchos cocineros y restaurantes italianos están considerados entre los más finos del mundo, vale la pena recordar los primeros desprevenidos “cocineros”, hombres que se improvisaron como tales recobrando en la memoria fragmentos de las actividades culinarias de sus mujeres y esforzándose para reproducirlos.

Ejemplar es el desarrollo de este tipo de emigración hacia el Reino Unido.

Desde Londres, primer punto de atracción, se trasladaron progresivamente a las más grandes ciudades de provincia, desde Manchester a Liverpool; a las zonas industriales de Gales meridional; en Escocia, particularmente a Glasgow; y también en Irlanda, a Dublin, abriendo en todos estos lugares almacenes y bares.