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A bordo

Al menos hasta fines del Ochocientos, los armadores italianos efectuaron el transporte de los emigrantes con una flota obsoleta de veleros que fueron, con razón, llamados “las naves de Lázaro”. El viaje que, todavía en los primeros años del siglo pasado, podía durar hasta un mes se cumplía en condiciones de vida hoy inimaginables. La situación peor era aquella de los alojamientos.

Las literas, todas en la parte baja de la nave, se asomaban al corredor que, cuando más, recibían aire solamente de las escotillas. En ellas faltaba literalmente espacio vital. Por consiguiente, a la mañana, cualesquiera fuesen las condiciones atmosféricas, todos estaban obligados a transferirse a los puentes: las enfermedades – pulmonares e intestinales especialmente – estaban a la orden del día y también la mortalidad era alta.

La valija ha sido por largo tiempo el símbolo de la emigración. Antes de la valija era el “envoltorio”: un pedazo de tela, un chal en el mejor de los casos, en el cual se envolvían las cosas para llevar consigo al nuevo país. La palabra envolver es muy usada en sentido figurado: cubrir, revestir, arropar mejor a una persona con trajes, paños pesados y abundantes tanto como para hacer un envoltorio. En algunas de las fotos aquí publicadas se ven a las mujeres “envueltas”, son ellas mismas equipajes en cuanto se han endosado más trajes, puestos como capas, para no dejar sin custodia en las bodegas sus pertenencias, pobres y por eso mismo preciosas. En el envoltorio, o en la valija, había todo un “mundo”: recuerdos de la familia ahora lejana, un billete para un pariente o un conciudadano, a veces una carta de presentación para alguno que, se esperaba, pudiese dar una ayuda, comida, un instrumento musical… un mundo, precisamente.

Y también, para los más previsores, un vocabulario “hazlo tú”. En el Archivo Cresci hay un vocabulario-libre de inglés, en el cual se pueden leer frases del tipo:

“Ianmen, ai nide bai santin ciu it, iu uil scio mi becher sciop

Jóven, necesito comprar alguna cosa para comer, quisiera mostrarme una panadería”.

Con la construcción en los años Veinte de las grandes naves de crucero, que transportaban todavía gran número de emigranes, la duración del viaje y las condiciones de vida a bordo mejoraron sensiblemente.


¡Llegados finalmente!

En el paraíso terrenal prometido por las “Guías” las cosas, en realidad, eran distintas.

En seguida después de la llegada los inmigrantes comenzaban a darse cuenta de haber llegado a la América como era y no como la habían soñado. Las imágenes de paraíso terrenal de las que se habían llenado los ojos y la mente encontraban escasa comparación en las pesadas formalidades burocráticas a las que estaban sometidos y, al menos en los Estados Unidos, muchos eran los rechazados especialmente por estar afectados de enfermedades invalidanes. Aquellos admitidos en el país eran tratados, y contratados, como en una exposición de ganado o en un mercado de esclavos. Además, para restringir la entrada de las corrientes migratorias fueron presentadas, con el tiempo, disposiciones de varios géneros. Por eso además de aplicar constantemente, en el período de cuarentena en la Isla Ellis, rígidas normas sanitarias, presentaron en 1917, después de veinte años de “amenazas” en tal sentido, el test Literario y, a través del control del analfabetismo, impusieron una efectiva constricción a la inmigración. Sucesivamente, en los primeros años del Veinte, fueron establecidas, por ley, las “cuotas” de acceso. En la práctica, era anualmente determinado por las autoridades competentes el número de inmigrantes que por cada nacionalidad podía entrar en el país, en el curso precisamente de un año.

En Argentina y Brasil, paises que han acogido grandes masas de emigrantes italianos, tampoco el desembarco era fácil. Desde la nave se alcanzaba la tierra firme después de el trasbordo en barcas y barcazas (en Argentina el último tramo de agua se atravezaba sobre carretas tiradas por caballos mientras en Brasil, desde el puerto de Santos, se alcanzaba San Pablo en tren).

Una vez en tierra firme eran alojados en estructuras que podemos definir de contención – el Hotel y la Hostería de los inmigrantes.

Los gobiernos de los dos países ofrecían informaciones generales sobre usos y costumbres locales además de la ayuda de oficinas de trabajo que, sin embargo, operaban sin forma de selección alguna de los nuevos arribados en base a las competencias laborales.

En realidad el punto fuerte del emigrante era la “cadena migratoria”, la red de parientes, amigos, conciudadanos que, habiendo ya vivido la experiencia del éxodo, lo guiaba en cada fase de la expatriación y le facilitaba la introducción en el país de destino.


La “Mérica”

En Estados Unidos, al llegar al puerto de Nueva York, los emigrantes desembarcaban y eran llevados a Ellis Island donde los controles eran muchos y severos.

Mediante una serie de normas se efectuaba una primera y drástica selección. Estas abarcaban los campos más variados: se rechazaba por motivos de enfermedad (por ejemplo, los tracomatosos volvían a embarcar enseguida de vuelta hacia el país de origen), por indigencia extrema, por edad joven o demasiado avanzada, por estado civil (mujeres y huérfanos que en el país no tenía quien les ayudase a encontrar trabajo).

En 1917, después de haberlo anunciado durante más de veinte años, se sancionó la Literacy Act, una ley sobre el analfabetismo que impuso una restricción efectiva a la inmigración y afectó a muchísimos italianos, especialmente meridionales.

Se establecieron otras restricciones con la aprobación de las leyes, en 1921 y en 1924, llamadas Quota Act que permitían anualmente la entrada de un número muy limitado de inmigrados de una determinada etnia. 


Miss Liberty

La Estatua de la Libertad – llamada desde siempre Señorita Libertad – fue donada por Francia a los Estados Unidos en señal de amistad y se vinculó estrechamente al fenómeno de la emigración sólo después que fueron grabados en su base los versos de Emma Lazarus: “Tened, antiguas tierras, los faustos de vuestra historia… Dadme aquellos que están exhaustos, y pobres, las multitudes agolpadas que anhelan respirar libres, los miserables rechazados de vuestras costas hormigueantes: mandadme aquellos que no tienen una casa, que acudan a mí, a mí que alzo mi antorcha junto a la puerta de oro”.

Aquella bella señora parecía ser grande como América y como los sueños de los emigrantes de “hacer la Mérica”.*

En cambio, al arribo en el puerto de Nueva York, después de haber contemplado con la debida admiración la majestuosa señora, los emigrantes eran desembarcados y obligados a permanecer en la Isla Ellis donde toda una serie de normas operaban una drástica selección. Se era rechazado por enfermedad, por indigencia extrema, por edad juvenil o demasiado avanzada, por estado civil (mujeres y huérfanos que no tenían en el país quien los socorriese y les ayudese a encontrar trabajo).

A pesar de todo, en el imaginario de muchos inmigrantes la Estatua de la Libertad se ha convertido en la América aún con todas sus contradicciones. Ellos descubrieron que las calles no eran pavimentadas de oro y aún que les tocaría a ellos construir aquellas aceras.

Y la esperanza de vivir en igualdad y en libertad pronto se habría disuelto.

 

* Nota: Nombre utilizado por los inmigrantes italianos para denominar a America